VI
Fui tan pequeña que solíami corazón subir hasta tus labios.De mí, venía la noche yyo ponía los cielos con mis manos– su crimen, su prodigio,su frío, su belleza-para tus pies desnudosque la tierra no mira.En vano mis riquezas,mis miserias en vano.Loca de soledad la luz del día.Y, entonces, en tu cuerpo,en tu cuerpo, sin tregua, sin cuidado.Tengo las pruebas:vivir no es asunto de dioses.Esbozo de un árbol de estrellas
– Señor, yo existo -le dijo un hombre al universo.
– Sin embargo -replicó éste-,
tal hecho no me crea ninguna obligación.
Stephen Crane
Amé la juventud del mundo,el color de los días de tormenta,su fuego aniquiladoy sus amaneceres sucesivos,los movimientos de los astros,los collados que tiemblan de fertilidad,las cumbres de los montes,el resplandor y la inocencia.¿Podré llevar conmigo– no quiero otro equipaje-la carne palpitante de mi cuerpodonde el mundo existióy en el que nada quede un día?,¿las aves que incansables huyenpor el cielo, la lluvia,la luz azul de la mañana?Mirando mía foto del cráter Copérnico
(Norte del ecuador lunar)
Cuando el corazón carece de absoluto, ama.De cara al misteriode las piedras y al mar alborotado,ama y puede albergaral mundo en su ternura,alentar la piedaddesde lo lejos,y ceñir dulcementeel silencio invernalque viene de la Luna.