Susan Elizabeth Phillips


Nacida Para Seducir

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No todos los días se encontraba uno con un castor sin cabeza, caminando por el arcén de la carretera, ni siquiera Dean Robillard.

– Hijo de… -Pisó de golpe el freno de su Aston Martin Vanquish recién estrenado y detuvo el coche justo al lado.

La castora caminaba en línea recta, con la gran cola plana rebotando en la carretera y la respingona naricita apuntando bien alto. Parecía bastante enfadada.

Y, definitivamente era una castora, porque al tener la cabeza descubierta, podía ver que llevaba el sudoroso pelo oscuro recogido en una descuidada coleta corta. Como Dean llevaba rato rezando para que apareciera alguna pequeña distracción, abrió la puerta y bajó con rapidez a la carretera de Colorado. Su último par de botas de Dolce & Gabbana fue lo primero que salió, luego siguió el resto, todo un metro noventa de duro músculo, reflejos muy afilados y esplendorosa belleza… o, al menos, eso le gustaba decir a su agente publicitario. Y si bien era cierto que Dean no era tan vanidoso como la gente se pensaba, dejaba que lo creyeran para evitar así que se le acercaran demasiado.

– Señora, eh… ¿necesita que le eche una mano?

Las patas no bajaron el ritmo.

– ¿Tiene un arma?

– Aquí no.

– Entonces usted no me sirve de nada.

Y siguió caminando.

Dean sonrió ampliamente y echó a andar tras ella. Con sus larguísimas piernas sólo necesitó un par de zancadas para ponerse a la altura de las cortas patas peludas.

– Bonito día -dijo él-. Demasiado calor para estas alturas de mayo, pero no me puedo quejar.

Ella le fulminó con unos grandes ojos de pirulí violeta, por lo visto una de las pocas cosas redondas que observaba en esa cara.



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