El resto, según pudo apreciar, era todo planos y delicados contrapuntos: unos pómulos marcados en contraposición a una pequeña nariz respingona y una barbilla tan afilada que bien podría cortar el cristal. Pero después de todo, tampoco parecía tan peligrosa. Un voluptuoso arco llamaba la atención sobre un labio carnoso. El labio inferior era incluso más exuberante y daba la impresión que de alguna manera ella se había escapado de un libro de rimas infantiles de Mamá Ganso, no apto para menores.

– Una estrella de cine -dijo ella con un deje de burla-. Vaya suerte la mía.

– ¿Por qué piensa que soy una estrella de cine?

– Usted es todavía más guapo que mis amigas.

– Es una maldición.

– ¿No le da vergüenza?

– Son cosas que uno termina por aceptar.

– Tío… -gruñó contrariada.

– Me llamo Heath -dijo él, mientras ella seguía andando-. Heath Champion.

– Parece un nombre falso.

Lo era, pero no de la forma que ella pensaba.

– ¿Para qué necesita un arma? -preguntó Dean.

– Para cargarme a mi ex novio.

– ¿ Fue él quien le escogió el vestuario?

Su gran cola golpeó la pierna de Dean cuando se giró hacia él.

– Piérdase, ¿vale?

– ¿Y perderme la diversión?

Ella dirigió la vista al coche deportivo; el sinuoso y letal Aston Martin Vanquish negro con un motor de doce válvulas. Esa preciosidad le había costado doscientos mil dólares, una fruslería para sus bolsillos. Ser el quarterback de los Chicago Stars era muy parecido a ser dueño de un banco.

Ella casi se sacó un ojo al apartarse un mechón de pelo de la mejilla con un gesto brusco de la pata, que no parecía ser desmontable.

– Podría llevarme en el coche.

– ¿Me roería la tapicería?

– Deje de meterse conmigo.

– Usted perdone. -Por primera vez en el día, se alegró de haber decidido salir de la interestatal. Señaló el coche con la cabeza-. Venga, suba.



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