
Castora no parecía el tipo de mujer a la que se podía sorprender con facilidad, pero al parecer él lo había logrado, y para ser un hombre que se ganaba la vida con las palabras, la verborrea de Monty parecía haber caído en dique seco. Sally apenas pudo emitir un graznido.
– ¿Vas a casarte con Blue?
– Nadie está más sorprendido que yo -dijo Dean encogiéndose de hombros con modestia-. ¿Quién podía imaginar que me aceptaría?
¿Y qué podían replicar ellos a eso?
Cuando Monty finalmente recuperó el habla, comenzó a lloriquearle a Blue sobre el CD de Bob Dylan, que Dean suponía que sería una más que probable copia pirata. Monty pareció venirse abajo tras oír eso, pero Dean no pudo resistirse a hurgar en la herida. Cuando el poetucho y Sally se subieron al coche, se giró hacia Castora y le dijo en un tono lo suficientemente alto como para que oyeran sus palabras:
– Vamos, cielito. Vayamos a la ciudad para comprar ese diamante de dos quilates que demostrará a todo el mundo que eres la dueña de mi corazón.
Hubiera jurado que oyó gemir a Monty.
El triunfo de Castora fue efímero. El Focus ni siquiera había abandonado el camino de entrada cuando la puerta de la casa se abrió de repente y salió al porche una corpulenta mujer con el pelo teñido de negro, las cejas pintadas y la cara muy maquillada.
– ¿Qué está pasando?
Castora miró la nube de polvo del camino y dejócaerlos hombros.
– Cosas nuestras.
La mujer cruzó los brazos sobre su amplio pecho.
– Supe en cuanto te vi que causarías problemas. No debería haber permitido que te quedaras. -Mientras le soltaba el rollo a Castora, Dean pudo captar lo suficiente para reconstruir los hechos. Al parecer, Monty había vivido en la casa de huéspedes hasta diez días antes, cuando se había largado con Sally. Castora había llegado justo un día después, había encontrado la carta donde le daba plantón y había optado por quedarse allí hasta decidir qué hacer.
