Unas gotas de sudor perlaban la frente de la propietaria de la casa de huéspedes.

– No te quiero en mi casa.

Castora pareció recobrar su espíritu combativo.

– Me largaré a primera hora de la mañana.

– Será mejor que me pagues antes los ochenta y dos dólares que me debes.

– Por supuesto. -Castora irguió la cabeza con rapidez. Jurando entre dientes, pasó junto a la mujer y entró en la casa.

La mujer centró la atención en Dean y luego en el coche. Por lo general, todos los habitantes de Estados Unidos se ponían en fila para besarle el culo, pero parecía que ella no era aficionada al fútbol americano.

– ¿Eres traficante de drogas o algo así? Como lleves droga en el coche, llamaré al sheriff.

– Sólo llevo paracetamol. -Y algunos calmantes más fuertes que no pensaba mencionar.

– Así que eres un graciosillo. -La mujer le dirigió una mirada aviesa y entró en la casa. Dean lamentó su desaparición. Por lo visto, la diversión había terminado.

No lo ilusionaba volver a ponerse en camino, a pesar de que había decidido hacer ese viaje para aclarar sus ideas y comprender por qué parecía haberse acabado su buena suerte. Había sufrido bastantes golpes y magulladuras jugando al fútbol, pero habían sido cosas insignificantes. Ocho años en la NFL, la Liga Nacional de Fútbol Americano, y ni siquiera se había roto el tobillo, sufrido un esguince o dañado el talón de Aquiles. Nada más grave que un dedo roto.

Pero esa situación había llegado a su fin tres meses antes, en el partido de los playoffs de la AFC contra los Steelers. Se había dislocado el hombro y desgarrado el tendón. La cirugía había funcionado bastante bien. El hombro respondería durante algunas temporadas más, pero nunca a pleno rendimiento, y ése era el problema. Se había acostumbrado a considerarse alguien invencible. Eran los demás jugadores los que sufrían lesiones, no él, por lo menos hasta ese momento.



11 из 379