– Vale.

La ayudó a recoger sus ropas, en concreto las prendas más delicadas que requerían mayor destreza manual. Como las bragas. Que, como verdadero experto en el tema, consideraba más de un WallMart que de una marca de ropa interior cara como Agent Provocateur, pero, a pesar de ello, tenía un bonito surtido de sujetadores de llamativos colores y provocativos estampados. Nada de lazos. Y, lo más desconcertante aún, nada de encajes. Algo extraño, ya que esa delicada cara angulosa de Castora -a pesar del sudor y el pelaje que la acompañaban- tenía cierto parecido a un personaje de los libros de Mamá Ganso, la pequeña pastorcilla Bo Peep vestida de lazos y encajes.

– A juzgar por la actitud de tu casera -le dijo mientras metía la maleta y la bolsa en el maletero del Vanquish-, supongo que no le has pagado los ochenta y dos dólares.

– Peor todavía. Me han robado doscientos dólares de la habitación.

– Al parecer tienes mala suerte.

– Ya estoy acostumbrada. Pero no ha sido mala suerte. Ha sido más un caso de estupidez. -Dirigió una mirada a la casa-. Sabía que Monty regresaría en cuanto encontré el CD de Dylan bajo la cama. Pero en vez de esconder el dinero en el coche, lo metí entre las páginas de un ejemplar de People. Monty odia People. Dice que sólo lo leen los retrasados mentales, así que supuse que el dinero estaría seguro.

Dean no solía leer People, pero le tenía cierto cariño. Había posado en una sesión de fotos para esa revista y el personal había sido muy amable con él.

– Supongo que querrás ir a la tienda de bricolaje El Gran Castor de Ben -dijo después de ayudarla a subir-. A menos claro está, que estés intentando imponer una moda.

– ¿Puedes dejarme allí antes de ir a… -Castora parecía sentir una fuerte aversión por él, lo que era bastante desconcertante, puesto que era una mujer y él era…, bueno, era Dean Robillard. Ella bajó la mirada al navegador GPS- Tennessee?



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