
– Voy de vacaciones cerca de Nashville. -La semana anterior le había gustado como sonaba. Ahora no estaba seguro. Aunque vivía en Chicago era un californiano de pura cepa, ¿para qué diablos se había comprado una granja en Tennessee?
– ¿Eres cantante de country?
Él consideró la idea.
– No. Acertaste a la primera. Soy una estrella de cine.
– No he oído hablar de ti.
– ¿Has visto la última película de Reese Witherspoon?
– Sí.
– Pues era el que salía antes que ella.
– Por supuesto. -Soltó un largo suspiro y reclinó la cabeza contra el respaldo del asiento-. Tienes un coche increíble y ropa carísima. Mi vida va de mal en peor. Acabo de caer en manos de un traficante de drogas.
– ¡No soy traficante! -replicó él indignado.
– Lo que está claro es que no eres una estrella de cine.
– No hace falta que me lo restriegues por la cara. La verdad es que soy un modelo casi famoso que aspira a convertirse en estrella de cine.
– Eres gay. -Fue una afirmación no una pregunta, lo que habría cabreado a muchos deportistas, pero él tenía bastantes seguidores gays y no le gustaba insultar a la gente que, al fin y al cabo, le mantenía.
– Sí, pero aún no he salido del armario.
Ser gay podía tener algunas ventajas, decidió. No las reales -eso era impensable-, pero sí las de poder disfrutar de la compañía de una mujer sin tener que preocuparse de que se sintiera atraída por é1. Se había pasado los últimos quince años de su vida quitándose de encima a mujeres que querían ser la madre de sus hijos, y ser homosexual lo libraría de ese tipo de problemas. Podría relajarse y tener una amiga. La miró.
– Si se llegaran a conocer mis preferencias sexuales, mi carrera quedaría arruinada, así que te agradecería que fueras discreta.
