Ella arqueó una ceja sudorosa.

– Me da que es un secreto a voces. Supe que eras gay cinco segundos después de conocerte.

Se estaba quedando con él.

Ella se mordisqueó el labio inferior.

– ¿Te importa si te acompaño parte del camino?

– ¿Y tu coche?

– No vale la pena arreglarlo. Habría que remolcarlo. Además, sin la cabeza del castor, no creo que me paguen lo que me deben.

Dean reflexionó sobre ello. Sally la había calado bien. Castora era una tocapelotas, el tipo de mujer que menos le gustaba. Pero era muy divertida.

– Podemos probar durante un par de horas -dijo-, pero no puedo prometerte más.

Se pararon frente a un edificio de chapa metálica pintado en un desafortunado tono azul turquesa. Era domingo por la tarde y en el aparcamiento de la tienda de bricolaje El Gran Castor de Ben sólo había dos vehículos, un oxidado Camaro azul y una camioneta último modelo. El letrero de «CERRADO» colgaba sobre la puerta que habían dejado entreabierta para que entrara la brisa de la tarde. Siempre caballeroso, Dean salió para ayudarla.

– Sujeta la cola.

Ella le dirigió una mirada desdeñosa mientras intentaba salir de una manera elegante, y luego se dirigió arrastrando los pies a la puerta de la tienda. Cuando la abrió, Dean vio a un hombre con el pecho fuerte y grueso apilando tablones. Luego ella desapareció en el interior.

Acababa de observar el poco impresionante paisaje -un montón de contenedores y postes de alumbrado- cuando ella salió con un montón de ropa entre los brazos.

– La esposa de Ben se cortó la mano y tuvo que llevarla a urgencias. Por eso no me fueron a buscar. Por desgracia, no puedo quitarme esto yo sola. -Le dirigió una mirada malhumorada al tío del almacén-. Y me niego a dejar que ese pervertido me abra la cremallera.



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