Era cierto. La cara de Dean permanecía intacta. Su hombro, sin embargo, era otra historia.

– Y además está tu pelo. Es dorado, espeso y brillante. ¿Cuántos potingues utilizaste esta mañana? No importa, no me lo digas. No quiero sentirme acomplejada.

Lo único que había usado era champú. Un buen champú, cierto, pero a fin de cuentas, champú a secas.

– Es que llevo un buen corte -replicó, su corte era producto del estilista de Oprah.

– Y esos vaqueros son de Gap.

Cierto.

– Y llevas botas de gay.

– ¡Éstas no son botas de gay! Me costaron mil doscientos dólares.

Exacto -dijo ella triunfalmente-. ¿Qué hombre en su sano ¡juicio pagaría mil doscientos dólares por unas botas?

Ni siquiera esa dura crítica a su calzado podía enfriarlo. Había conseguido bajarle la cremallera hasta la cintura, y, como había imaginado, no llevaba sujetador. Las delicadas protuberancias de su columna desaparecían en el interior de la V del disfraz como un delicado collar de perlas tragado por el Yeti. Le costó Dios y ayuda no meter las manos dentro y examinar con exactitud lo que escondía Castora.

– ¿Por qué tardas tanto? -preguntó ella.

– La cremallera no hace más que atascarse, eso es todo -respondió malhumorado, sus vaqueros no había sido pensados para acomodar lo que ahora mismo necesitaba ser acomodado-. Si crees que puedes hacerlo mejor, te invito a intentarlo.

– Hace mucho calor aquí dentro.

– A mí me lo vas a decir. -Con un último tirón, bajó la cremallera del todo, lo que venía a ser unos veinte centímetros por debajo de la cintura. Pudo observar la curva de la cadera y el borde elástico de unas bragas de intenso color rojo.

Ella se apartó y cuando lo miró, sostuvo el disfraz contra su pecho con las patas.



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