
– Puedo seguir sola.
– Oh, por favor. Como si tuvieras algo interesante de ver.
La comisura de la boca de Castora tembló ligeramente, pero él no pudo asegurar si era por diversión o por fastidio.
– Fuera.
Bueno, por lo menos lo había intentado.
Antes de que saliese, ella le pasó las llaves y le pidió -sin demasiada amabilidad por cierto- que sacara sus cosas del coche. Dentro del abollado maletero del Camaro encontró un par de cajas de madera llenas de pinturas, unas cajas de herramientas manchadas y un lienzo grande. Acababa de cargar todo en su coche cuando el tío que estaba trabajando dentro salió a inspeccionar el Vanquish. Tenía el pelo grasiento y barriga cervecera. Algo le dijo a Dean que éste era el tío pervertido que había enfurecido a Castora.
– Hombre, esto sí que es un coche. Vi uno igual en una película de James Bond. -Y luego, le echó un buen vistazo a Dean-. ¡Joder! Eres Dean Robillard. ¿Qué estás haciendo aquí?
– Estoy de paso.
El tío comenzó a flipar.
– Santo cielo. Ben debería haber dejado que Sheryl fuera sola a urgencias. Espera que le diga que Boo ha estado aquí.
Los compañeros de universidad de Dean le había puesto ese mote por el tiempo que se había pasado en la playa de Malibú, y que los lugareños conocían como Boo.
– Vi cómo te lesionabas en el partido contra los Steelers. ¿Qué tal el hombro?
– Tirando -contestó Dean. Y estaría mucho mejor si dejara de recorrer el país sintiendo lástima por sí mismo y se dedicara a ir al fisio.
El tipo se presentó a sí mismo como Glenn, luego se dedicó a repasar la temporada de los Stars. Dean asentía a sus comentarios automáticamente, deseando que Castora se diera prisa. Pero tardó unos buenos diez minutos en aparecer. La recorrió con la mirada de pies a cabeza.
Había habido una equivocación.
La pastorcilla Bo Peep había sido secuestrada por un ángel del infierno.
