– ¿Qué hacías en Rawlins Creek? -preguntó en tono casual, como si le estuviera dando conversación en vez de obteniendo información para saber a qué atenerse con él.

– Buscaba un Taco Bell -dijo-, pero me temo que conocer a tu novio me ha quitado el apetito.

– Ex novio. Muy ex.

– Hay algo que no entiendo. Nada más conocerlo, supe que era un perdedor. ¿Es que no tienes amigos en Seattle que te abrieran los ojos?

– No vivo en un sitio fijo.

– Caramba, cualquier desconocido te lo podría haber dicho.

– Eso se ve en retrospectiva.

La miró.

– No irás a llorar, ¿verdad?

Le llevó un momento entender lo que él quería decir.

– Me estoy conteniendo -contestó con cierto deje sarcástico.

– No tienes por qué disimular conmigo. Venga, desahógate. Es la manera más rápida de curar un corazón roto.

Monty no le había roto el. corazón. La había cabreado. Bueno, no había sido él quien vaciara sus cuentas bancarias, y sabía que se había pasado tres pueblos al atacarlo de esa manera. Monty y ella habían sido amantes sólo dos semanas antes de echarle de una patada de su cama al darse cuenta que no era su tipo. Tenían intereses comunes y, a pesar de que era demasiado egocéntrico, disfrutaba de su compañía. Habían salido juntos, habían ido al cine y a salas de exposiciones, se habían interesado mutuamente por sus trabajos. Y aunque sabía que era demasiado melodramático, sus enardecidas llamadas desde Denver la habían preocupado.

– No estaba enamorada de él -dijo ella-. Yo no me enamoro. Pero éramos amigos y parecía cada vez más frenético cuando hablábamos por teléfono. Llegué a pensar que se iba a suicidar de verdad. Los amigos son importantes para mí. No podía darle la espalda.



21 из 379