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Blue se concentró en inspirar y expirar, esperando que eso la tranquilizara, pero el pánico seguía dominándola. Le dirigió al niño bonito una mirada de reojo. ¿De verdad esperaba que se creyera que era gay? Era cierto que llevaba botas de homosexual y que estaba demasiado bueno. Pero, aun así, desprendía suficientes megavatios heterosexuales como para iluminar a toda la población femenina. Era indudable que lo había estado haciendo desde el día de su nacimiento cuando vio su reflejo en las gafas de la comadrona y le lanzó al mundo un «choca esos cinco».

Ella había pensado que la traición de Monty era el último desastre de su más que catastrófica vida, pero ahora estaba a merced de Dean Robillard. Nunca se habría subido al coche del futbolista si no le hubiese reconocido. Había visto ese increíble cuerpo bronceado prácticamente desnudo en todas las vallas publicitarias anunciando Zona de Anotación, una línea de calzoncillos que tenía el memorable eslogan de «Mete el culo en la zona de anotación». Posteriormente había visto su foto en la lista de «Los cincuenta hombres más deseados» de People. En ella aparecía caminando descalzo por la playa con un esmoquin con los bajos remangados. No recordaba para qué equipo jugaba, pero sabía que era el tipo de hombre que debía evitar a toda costa, aunque claro, no todos los días aparecían hombres como ése en su vida. Sin embargo, en ese momento, él era lo único que se interponía entre ella, un refugio para los sin techo y un letrero que pusiera: PINTO POR COMIDA.

Tres días antes había descubierto que sus dos cuentas bancarias, una de ahorros y otra corriente-, que sumaban un saldo de ocho mil dólares, estaban vacías. Y para colmo, Monty le había mangado los doscientos dólares que tenía para emergencias. Todo lo que le quedaba en la cartera eran dieciocho dólares. Ni siquiera tenía tarjeta de crédito -una enorme equivocación por su parte-. Se había pasado toda su vida adulta procurando no quedarse nunca en la estacada para acabar así.



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