
Monty se la quedó mirando fijamente.
– ¿Blue?
– ¿Ésa es Blue? -dijo Sally-. ¿Es payasa o algo así?
– No la última vez que la vi. -Monty desvió la atención de Castora, que trataba de ponerse a cuatro patas, a Dean-. ¿Y tú quien eres?
El tío tenía ese tipo de tono falsete de la clase alta que hacía que Dean quisiera escupir tabaco y decir: «¿Quépacha tío?»
– Un hombre misterioso -dijo con acento arrastrado-. Amado por unos. Temido por otros.
Monty pareció desconcertado, pero cuando Castora logró finalmente ponerse en pie, su expresión se volvió francamente hostil.
– ¿Dónde lo tienes, Blue? ¿Qué has hecho con él?
– ¡Mentiroso, hipócrita, poetucho de tres al cuarto! -Ella arrastró los pies por el camino de grava con la cara brillante de sudor y el asesinato reflejado en los ojos.
– No te he mentido. -Lo dijo de una manera tan condescendiente que si a Dean, que no tenía por qué molestarse, le enfureció, no podía imaginarse cómo se lo tomaría Castora-. No te he mentido nunca -seguía diciendo-, te lo explicaba todo en la carta.
– Una carta que no leí hasta después de haberlo abandonado todo, plantado a tres clientes y conducido más de dos mil kilómetros a través del país. ¿Y qué me encontré cuando llegué aquí? ¿Me encontré al hombre que llevaba los dos últimos meses rogándome que dejara Seattle para venir a vivir con él? ¿Me encontré con el hombre que lloraba como un bebé al teléfono, me hablaba de que se iba a suicidar, me decía que era la mejor amiga que había tenido nunca y la única mujer en la que confiaba? No, claro que no. Lo que encontré fue una carta en la que ese hombre, que juraba que yo era la única razón de su existencia, me decía que ya no me quería porque se había enamorado de una chica de diecinueve años. Una carta donde también se me decía que por favor no me lo tomara como algo personal. ¡Ni siquiera tuviste el valor de decírmelo a la cara!
