
Sally dio un paso hacia delante con expresión furibunda.
– Eso es porque eres una tocapelotas.
– ¡Tú ni siquiera me conoces!
– Monty me lo contó todo. No quiero que creas que soy una bruja, pero deberías ir a terapia. Te ayudará a dejar de sentirte amenazada por el éxito de otras personas. En especial de Monty.
Las mejillas de Castora se pusieron de un rojo brillante.
– Monty se pasa la vida escribiendo poemas penosos y haciendo trabajos para chicos universitarios que son demasiado vagos para hacerlos ellos mismos.
La fugaz expresión de culpabilidad de Sally llevó a Dean a sospechar que así era exactamente cómo había conocido a Monty. Pero aquello no la detuvo.
– Tienes razón, Monty. Es una víbora.
Castora tensó con fuerza la mandíbula y avanzó de manera amenazadora hacia Monty.
– ¿Le has dicho que soy una víbora?
– Sí, pero no siempre -dijo Monty con arrogancia-. Sólo lo eres cuando se trata de mi trabajo creativo. -Se colocó las gafas-. Ahora dime dónde está mi CD de Dylan. Sé que lo tienes tú.
– Si soy tan víbora como dices, ¿por qué no has podido escribir ni un solo poema desde que abandonaste Seattle? ¿Por qué me dijiste que yo era tu musa?
– Eso fue antes de conocerme a mí -interpuso Sally-. Antes de que nos enamoráramos. Ahora su musa soy yo.
– ¡Si lo conociste hace dos semanas!
Sally se recolocó el tirante del sujetador.
– El corazón no necesita más tiempo para reconocer a su alma gemela.
– Su alma de mierda querrás decir -replicó Castora.
– Eso ha sido cruel, Blue -dijo Sally-, y muy ofensivo. Sabes que es la sensibilidad de Monty lo que le hace ser un magnífico poeta. Y es el motivo por el que lo atacas. Porque estás celosa de su creatividad.
