
El reloj de la pantalla que señalaba el tiempo transcurrido a partir del inicio de la operación, marcaba casi cuatro minutos. Los estallidos de las bombas proyectadas por las Korolev todavía ocurrían a miles de metros por debajo de la superficie.
El Presidente Fraley se levantó de su asiento.
—Señora Korolev, por favor. Todavía estamos a tiempo de interrumpir esto. Sé que usted ha rescatado a toda clase de tipos: chiflados, vagabundos, criminales, víctimas. Pero estos son verdaderos monstruos.
Por vez primera, Wil creyó en la sinceridad del Presidente de Nuevo Méjico, también en su probable miedo. Posiblemente tenga razón. Si los rumores de que los Pacistas habían creado las plagas de principios del siglo veintiuno eran ciertos, esto les haría responsables de la muerte de miles de millones de personas. Y si hubiesen tenido éxito en su Proyecto Renacimiento, habrían matado a muchos de los supervivientes.
Yelén Korolev miró a Fraley, pero no le contestó. El de Nuevo Méjico endureció su pose, y bruscamente hizo una señal a su gente. Sus seguidores, que eran más de un centenar, muchos de ellos con el traje de trabajo de Nuevo Méjico, se levantaron inmediatamente. Era un gesto dramático: si decidían irse, el anfiteatro quedaría prácticamente vacío.
—Señor Presidente, le sugiero a usted y a sus hombres que se sienten —intervino Marta Korolev.
Su tono era tan agradable como siempre, pero el insulto que iba implícito en sus palabras hizo que a Steve Fraley se le subieran los colores, éste hizo un gesto de enfado y se dirigió a los escalones de piedra por donde se salía del anfiteatro.
Wil estaba más inclinado a tomar en sentido liberal sus palabras de sugerencia: Yelén podía servirse del sarcasmo y de su imperiosa autoridad, pero por lo general, Marta daba su consejo sólo para ayudar. Volvió a mirar hacia el norte. Sobre las laderas de la jungla había una agitación, unas oleadas. Oops. Wil lo comprendió enseguida y se deslizó al banco que tenía más próximo.
