
Brierson movió la mano para saludar, dubitativo; era una buena táctica el conocer a todos los nuevos vecinos, especialmente si eran viajeros avanzados. Pero aquello miró a Brierson, y a pesar de los treinta metros de separación pudo ver que sus ojos oscuros lo hacían con una fría indiferencia. Su diminuta boca se movió espasmódicamente, pero no emitió sonidos. Wil tragó saliva y siguió subiendo por la escalera de plástico. Podría ser que hubiera algunos vecinos a los que sería preferible conocer de forma indirecta.
Korolev. Este era el nombre oficial de la ciudad (que le había sido impuesto oficialmente por Yelén Korolev). Había prácticamente tantos nombres alternativos como habitantes. Los amigos hindúes de Wil querían que se llamase Novísima Delhi. El gobierno (en exilio irrevocable) de Nuevo Méjico quería que se llamase Nueva Alburquerque. Los optimistas preferían Segunda Oportunidad, y los pesimistas abogaban por Ultima Oportunidad. Para los megalomaníacos era la Gran Ciudad.
Cualquiera que fuera su nombre, la ciudad estaba situada al pie de las colinas de los Alpes Indonesios, a una altura suficiente para que el calor y la humedad fuesen moderados hasta el punto de proporcionar un uniforme bienestar. Allí las Karolevs y sus amigos habían reunido a los supervivientes de todos los tiempos. Allí se podía observar casi cualquier estilo arquitectónico, según fuera el gusto del propietario. Los estadistas de Nuevo Méjico tenían su calle principal con grandes edificios (casi todos vacíos) que Wil opinaba que resumía toda su burocracia. Otros muchos que procedían del siglo veintiuno, incluido Wil, vivían en pequeños grupos de casas que se parecían mucho a las que habían conocido en su tiempo. Los viajeros más avanzados vivían en la parte más alta de la montaña.
