Ciudad Korolev se había construido de forma que fuera capaz de acomodar a miles de personas. En aquel momento la población no llegaba a los doscientos seres humanos de todas clases. Necesitaban ser más; Yelén Korolev sabía de dónde sacar un centenar más, y estaba decidida a rescatarlos.

Steven Fraley, Presidente de la República de Nuevo Méjico, había resuelto que aquellos cien no fueran rescatados. Todavía estaba discutiendo el caso, cuando llegó Brierson.

—…y usted no considera la historia de nuestra época, señora, Los Pacistas consiguieron exterminar casi por completo la raza humana. Es evidente que si salva a este grupo, conseguirá unas cuantas vidas más, pero a costa de arriesgar la supervivencia de toda nuestra colonia, de toda la raza humana.

Parecía que Yelén Korolev estaba tranquila, pero Wil la conocía lo bastante bien como para advertir las señales de una inminente explosión: tenía las mejillas sonrojadas, pero el resto de sus facciones tal vez eran más pálidas que de ordinario. Se pasó la mano por su cabello rubio.

—Señor Fraley, conozco a fondo la historia de su época. Debe recordar que casi todos nosotros, sin importar nuestra edad y experiencia actuales, hemos tenido infancias distanciadas unas de otras un par de centenares de años. Es posible que la Autoridad de la Paz —y sus labios esbozaron una breve sonrisa a causa de este nombre—, desencadenara la guerra general de 1997. Puede que hasta fuera responsable de las terribles plagas de principios del siglo veintiuno. Pero, tal como se comportan generalmente los gobiernos, tuvieron una actuación relativamente benigna. Ese grupo de Kampuchea —señaló hacia el norte—, pasó al estasis en 2048, cuando los Pacistas fueron derrocados. Esto ocurrió antes de que existieran buenos cuidados médicos. Es perfectamente posible que ninguno de los criminales originales esté allí.



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