
Jacob receló al instante.
—Dime, ese «problema» no será político, ¿verdad? Te estás acercando mucho.
La imagen del alienígena permaneció muy quieta. Su masa verdosa se agitó lentamente, como si reflexionara.
—Nunca he comprendido, Jacob —dijo por fin la voz aflautada—, por qué un hombre de tu educación tiene tan poco interés en el juego de emociones y necesidades que llamáis «política». Si la metáfora fuera adecuada, diría que llevo la política «en la sangre». Desde luego, es tu caso.
—¡Deja a mi familia fuera de esto! ¡Sólo quiero saber si es necesario esperar hasta el jueves para saber de qué va todo este asunto!
El kantén volvió a vacilar.
—Hay aspectos de este asunto de los que no conviene hablar a través de las ondas. Algunas de las facciones más talámicas de tu cultura podrían hacer mal uso del conocimiento si se enteraran. No obstante, déjame asegurarte que tu parte será puramente técnica. Es tu conocimiento lo que deseamos, y las habilidades que has usado en el Centro.
«¡Mentiroso! —pensó Jacob—. Quieres más que eso.»
Conocía a Fagin. Si asistía a aquella reunión, el kantén sin duda trataría de usarlo como cuña para implicarlo en alguna aventura ridiculamente complicada y peligrosa. El alienígena ya se lo había hecho en tres ocasiones anteriores.
Las dos primeras veces a Jacob no le importó. Pero entonces era otra clase de persona, de las que aman esas cosas.
Luego llegó la Aguja. El trauma en Ecuador cambió por completo su vida. No tenía ningún deseo de volver a vivir nada parecido.
Y sin embargo, Jacob se resistía a decepcionar al viejo kantén. En realidad, Fagin nunca le había mentido, y de los E.T. que conocía era el único que realmente admiraba la cultura y la historia humanas. Era físicamente la criatura más extraña que conocía, pero también el único extraterrestre que intentaba con todas sus fuerzas comprender a los terrestres.
