– ¿Quién? ¿Bill? Imagino que está… -pero le hablaba al aire; y acercándose a ella desde la dirección de Cassie, vio a Ned Caldwell, otro de los miembros intermedios del equipo que proporcionaba asesoría interna a Sensuous. Ned era lo opuesto de Cassie, un hombre con gafas que hablaba de forma pausada y se tomaba tiempo para reflexionar. La vio, aminoró el paso y se dirigió hacia ella con una expresión cada vez más fúnebre.

– Si es algo serio -murmuró-, hazme saber cómo puedo ayudarte.

– Ayudarme… -pero también él siguió de largo con inusual velocidad, como si Mallory transmitiera un virus fatal. Contuvo el impulso de regresar a su apartamento, tomarse dos aspirinas y presentarse en las oficinas al día siguiente. Pero siguió hacia su despacho y observó con cautela a la ayudante administrativa, cuyos servicios compartía con Cassie y Ned-. Buenos días, Hilda -saludó con firmeza, retando a la mujer a comentar algo fuera de lo corriente.

– ¡Has vuelto! -exclamó Hilda en un susurro alto, llevándose una mano a su amplio pecho-. Bill Decker quiere verte de inmediato.

– ¿Cómo sabe que estoy aquí? -fue la respuesta de Mallory-. ¿Y por qué susurramos?

Hilda alzó un poco la voz.

– No lo sabe. El viernes llamó cada treinta minutos para preguntar si ya te había localizado, y cada treinta minutos le recordé que estabas de vacaciones, y… y… ¡mentí! -puso los ojos en blanco-. Le dije que te habías negado a revelarme dónde se te podía localizar.

– ¡Hilda! -no le extrañó que Bill estuviera histérico-. ¡Él sabe que yo jamás, jamás, haría eso!

– Sólo quería que tuvieras unas vacaciones por una vez en la vida… -sonó el teléfono-. Oh, diablos, apuesto a que es él otra vez.

Hilda jamás juraba. «¿Qué es lo que pone tan tenso a todo el mundo?»

– Sí, señor Decker -Hilda había recuperado la calma tras el pequeño exabrupto-. Ella, ah, ella… -miró a Mallory.

Ésta asintió.

– Dile que acabo de llegar. Dos días antes -añadió, sin poder contenerse.



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