
– Estará allí en breve -al cortar, miró a Mallory-. Quiero que sepas… -volvía a susurrar- que estoy de tu parte, pase lo que pase.
Mallory apretó los labios, enderezó los hombros, recogió su agenda electrónica y tiró del bajo de la impecable chaqueta del traje negro. Avanzó por el pasillo en dirección al despacho del jefe del departamento legal, Bill Decker, con el porte seguro de una aristócrata. En ese caso, podía parecer que la aristócrata iba camino de la guillotina, pero si su cabeza rodaba, su pelo brillaría con buena salud y luciría un corte reciente. Moriría con la agenda en la mano y las uñas perfectamente cuidadas.
Por el modo en que se comportaban sus compañeros, sólo podía inferir que había hecho algo terrible, desastrosamente mal. Algo cuya naturaleza ni siquiera podía adivinar.
Quizá estuviera a punto de que la despidieran. Durante un segundo, eso la frenó en seco. De todas las cosas que había imaginado que podían sucederle, que la despidieran figuraba al final de su lista.
– Al fin has vuelto.
Bill Decker, que debería de estar contento de verla, frunció el ceño.
– He vuelto dos días antes -era algo que consideraba que no debía dejar de repetir. No tenía derecho a esperarla antes del miércoles. Estaban a lunes, el lunes después del día de Acción de Gracias, un lunes que había planeado pasar tumbada en la playa… hasta que descubrió lo enloquecedoramente aburrido, improductivo e ineficaz que era eso. Incluso había pagado cien dólares a la compañía aérea por el privilegio de regresar antes.
El gesto impaciente de la mano de él le impidió deletreárselo.
– Sensuous está en serios problemas -anunció-. El caso Verde es más de lo que podemos llevar nosotros. Hemos contratado un asesoramiento externo. El bufete al que hemos recurrido es Rendell & Renfro, y a un joven abogado llamado… -calló para alzar un auricular-. Nancy, ¿está Compton en el edificio hoy?
