
No les pareció que fuera gracioso. Tenía que cerciorarse de no transmitir ni un atisbo de que a él sí le resultaba gracioso. Desde luego, Mallory no lo consideraría divertido. Podría contar con que ella lo ayudaría a mantener la expresión seria.
Podía contar con ella para todo, tal como había hecho en la facultad. Aquella ocasión en que habían estudiado toda la noche… algo en su cabeza había hecho clic y al final había encajado. Había requerido un trabajo arduo, pero aquella noche había logrado que su expediente cambiara de tendencia.
Se había sentido muy tentado de acabar la noche con Mallory en su cama, al menos para tener a esa mujer alta y esbelta en brazos y darle un beso que dijera: «Gracias, y reunámonos alguna vez». Un beso que hiciera que ella quisiera que se reunieran alguna vez.
¿Por qué no lo había hecho?
Lo que había pasado era que se había concentrado en los estudios, que había sacado la segunda mejor nota de aquel examen. Mallory, por supuesto, había sacado la mejor.
Había olvidado lo bonita que era con esos ojos azul verdosos y ese increíble pelo rubio plateado.
Su tiempo era demasiado valioso para desperdiciarlo de esa manera. Había estado pensando en el caso, que era lo único en lo que podía permitirse pensar hasta alcanzar un acuerdo. Sensuous había retirado del mercado todo ese lote de tinte al recibir la primera queja, y había enviado a abogados a negociar generosas indemnizaciones con los primeros quince o veinte de los primeros cientos de clientes insatisfechos. Por desgracia, un par de ellos había encontrado una abogada ambiciosa, o al revés, que había conseguido reunir a todos para que presentaran una única demanda. No iban a conformarse con un tratamiento para el pelo, una manicura semanal, fregaderos nuevos, paredes repintadas y un cambio de suelos. Iban detrás de todo lo que tenía Sensuous.
