– No abras las rodillas -indicó Hilda, encogiéndose cuando los sonidos de los golpes incrementaron su volumen.

Como a cámara lenta, miró primero a Ned y luego a Hilda.

– Veréis -comentó con la serenidad de alguien completamente aturdida-, por eso me envía Bill. Porque no necesito la píldora y tampoco voy a necesitar los preservativos. Mis rodillas ya están permanentemente cerradas. No soy una mujer. Soy una abogada.

Entró en su despacho y cerró la puerta justo a tiempo de ver cómo el diploma enmarcado de la Facultad de Derecho de la Universidad de Chicago se soltaba del gancho por el impacto de lo que hubiera tirado Cassie contra la pared divisoria. El cristal se fragmentó en pedazos pequeños.

Abrió la agenda electrónica y apuntó en su lista de cosas para hacer: Enmarcar diploma.


Carter regresó a la biblioteca del departamento legal con un estado de ánimo reflexivo. Le alegraba mucho que Mallory fuera con él a Nueva York. Con ella en el trabajo, no tendría que dedicar la mitad del tiempo a un intercambio de estocadas sexuales, como le sucedería con la mayoría de las mujeres.

Empezaba a cansarse de eso, empezaba a desear algo real, a pensar en sentar la cabeza. Con Paige, quizá. Bueno, no, Paige, no. No algo a largo plazo. Hasta un fin de semana largo parecía excesivo.

Había eliminado a Diana el fin de semana anterior.

Andrea, entonces. Mmmm. Nunca había terminado por conectar con ella, nunca había llegado a sentir que hablaban el mismo idioma.

Lo dominó un inaudito estado de insatisfacción. Salía con docenas de chicas, y docenas más deseaban que las hubiera invitado o aceptado sus invitaciones apenas veladas. Una de ellas tenía que ser la idónea.

Mientras tanto, le encantaba su trabajo, y ese era el caso más descabellado con el que jamás se había topado.



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