
– ¿Quién la envía? -preguntó el antipático de su padre.
– Santa Claus -contestó Eric-. Fui a verlo a los almacenes Dalton y…
– ¿Has ido a los almacenes? ¿Cuándo?
El niño lo miró, contrito.
– El otro día, después del colegio. Tenía que ir, papá. Tenía que darle mi carta -contestó por fin, tomando a Holly de la mano-. Mi ángel ha venido para hacer que tengamos unas navidades como las de antes. Ya sabes, como cuando mamá…
La expresión de Alex Marrin se endureció.
– Vete a la casa, Eric. Y llévate a Thurston. Yo iré dentro de un momento.
– No la eches de aquí, papá -le rogó el niño.
Pero la severa mirada de su padre lo obligó a salir del establo, cabizbajo. El abuelo murmuró una maldición, pero Alex Marrin no parecía dispuesto a echarse atrás.
– Muy bien. ¿Quién es usted? ¿Y quién la ha enviado?
– Me llamo Holly Bennett -contestó ella, sacando una tarjeta del bolso-. ¿Ve? Soy una decoradora profesional y me han contratado para hacer realidad el sueño de su hijo. Voy a trabajar para ustedes hasta el día de Navidad.
– ¿Quién la ha contratado?
– Me temo que eso no puedo decirlo. Mi contrato lo prohíbe.
– ¿Qué es esto, caridad? ¿O algún cotilla del pueblo pretende hacer de Santa Claus para expiar sus pecados?
– ¡No! En absoluto -exclamó Holly, sacando la carta de Eric del bolsillo-. Quizá debería leer esto.
Después de leerla, Marrin se pasó una mano por el pelo, abrumado.
– Debe usted pensar que soy un padre terrible.
– Yo… no lo sé, señor Marrin -dijo ella, tocando su brazo.
Al rozar su piel sintió una especie de descarga eléctrica y tuvo que meterse la mano en el bolsillo del abrigo, nerviosa.
– ¿Quién la ha contratado?
– No puedo decírselo. Pero alguien me ha pagado un dineral por hacer este trabajo y, si me envía de vuelta a Nueva York, tendré que devolver el dinero.
