Un hombre muy alto apareció entonces a su lado y Holly dio un salto, llevándose la mano al corazón. Había esperado alguien de mediana edad, pero Alex Marrin no debía tener ni treinta años.

Y tenía los ojos más azules que había visto en su vida, brillantes e intensos, la clase de ojos que podrían derretir el corazón de cualquier mujer. Era muy alto, más de un metro ochenta y cinco, de pelo castaño, hombros anchos y brazos de músculos bien formados. Llevaba vaqueros, botas de trabajo y una vieja camisa de franela con las mangas subidas hasta el codo.

Él la miró un momento y después se volvió para buscar a su hijo con la mirada.

– ¿Eric?

El niño corrió hacia ellos, emocionado.

– Está aquí, papá. Santa Claus me ha enviado un ángel de Navidad. Ángel, este es mi padre, Alex Marrin. Papá, te presento a mi ángel de Navidad.

Holly tuvo que toser para llevar algo de aire a los pulmones.

– Me envía… Santa Claus. Estoy aquí para hacer realidad todos sus sueños… Quiero decir, los sueños de Eric. Los sueños navideños de Eric.

Alex Marrin la miró de arriba abajo, con gesto receloso. La mirada hizo que sintiera un escalofrío, pero no pensaba dejarse intimidar.

De repente, él soltó una carcajada, un sonido que Holly encontró sospechosamente atractivo.

– Esto es una broma, ¿no? ¿Qué va a hacer? ¿Poner algo de música y quitarse la ropa? -preguntó, alargando la mano para tocar un botón de su abrigo-. ¿Qué lleva ahí debajo?

– ¡Oiga!

– ¿Quién la envía? ¿Los chicos del supermercado? -preguntó Alex Marrin entonces, mirando por encima de su hombro-. ¡Papá, ven aquí! ¿Tú me has pedido un ángel?

Un hombre de barba gris asomó la cabeza por encima de uno de los cajones.

– No, yo no.

– Es mi ángel -insistió Eric-. No es una señora del supermercado.

Su abuelo soltó una risita.

– Yo que tú no rechazaría el regalo. Aquí hace falta un ángel.

– Es mi abuelo -explicó el niño.



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