Secretamente, Eric esperaba que esa carta se perdiera entre todas las demás. O que Eleanor se cayera al río Hudson y la corriente se la llevara a miles de kilómetros para atormentar a otros niños. ¡Era mala y envidiosa y, si Santa Claus no podía verlo por su carta, no se merecía tener un trineo mágico!

Eric no había pedido un solo juguete. Y su regalo de Navidad no era nada egoísta porque servía tanto para su padre como para él.

Habían pasado dos años desde que su madre se marchó. Entonces tenía cinco y medio, casi seis. Ya habían puesto el árbol de Navidad en el salón… y entonces se marchó. Y después todo fue tristeza.

Las primeras navidades sin ella fueron difíciles, sobre todo porque Eric esperaba que volviese. Pero las últimas fueron peores. Su padre ni siquiera se molestó en poner el árbol. Dejaron a Thurston, su labrador negro, en una residencia canina y se fueron a Colorado a esquiar. Los regalos de Navidad ni siquiera estaban envueltos y sospechaba que Santa Claus no había pasado por allí porque estaban en un dúplex con una chimenea muy estrecha.

– Niño, tú eres el siguiente.

Una de las ayudantes de Santa Claus, vestida con una casaca de lunares rojos y mallas verdes, había abierto la verja y lo miraba con gesto de impaciencia. En la casaca llevaba una etiqueta con su nombre: Twinkie.

Él dio un paso adelante, tan nervioso que apenas recordaba lo que tenía que decir.

– ¿Qué vas a pedirle a Santa Claus? -le preguntó Twinkie.

Eric la miró, receloso.

– Eso es un secreto entre él y yo.

La ayudante soltó una risita.

– Ah, el viejo acuerdo de confidencialidad entre Santa Claus y los niños.

– ¿Eh?

– Nada, nada.



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