– ¿Tú lo conoces bien?

– Como todos sus ayudantes.

– Pues podrías echarme una mano -dijo Eric entonces, sacando el sobre del bolsillo. Si Santa Claus no recordaba quién era, a lo mejor Twinkie podría recordárselo-. Necesito que lea mi carta. Es muy, muy, muy importante -añadió, sacando un paquete de chicles del bolsillo-. ¿Tú crees que él…?

Twinkie observó el sobre.

– Eric Marrin, ¿eh? Lo siento, pero Santa Claus no acepta sobornos.

– Pero yo…

– Vamos, te toca -dijo ella entonces, empujándolo.

Eric repasó mentalmente todo lo que iba a decir mientras se sentaba sobre la rodilla de Santa Claus, respirando profundamente para darse valor.

Olía a menta y a tabaco de pipa y tenía la barriga muy blandita, así que se apoyó en ella y lo miró a los ojos. Al contrario que su antipática ayudante, Eric vio que aquel hombre era paciente y amable.

– ¿Eres Santa Claus de verdad?

Algunos niños del colegio decían que Santa Claus no era real, pero aquel señor parecía muy real.

El anciano sonrió.

– Claro que sí, jovencito. ¿Cómo te llamas y qué puedo hacer por ti? ¿Qué juguetes quieres para Navidad?

– Me llamo Eric Marrin y no quiero juguetes -contestó él, muy serio.

– ¿No quieres juguetes? Pero todos los niños quieren juguetes en Navidad.

– Yo no. Quiero otra cosa. Algo mucho más importante.

Santa Claus tomó su cara entre las manos.

– ¿Y qué es?

– Yo… quiero un árbol de Navidad con muchas luces. Y quiero decorar mi casa con renos de plástico y espumillón. Quiero galletas de Navidad y villancicos. Y en Nochebuena quiero dormirme delante de la chimenea y que mi padre me suba en brazos a la cama… Y el día de Navidad quiero un pavo y pastel de chocolate…

– Para, para, respira un poco -rió Santa Claus.

Eric tragó saliva, sabiendo que quizá estaba pidiendo un imposible.

– Quiero que sea como cuando mi mamá vivía con nosotros. Con ella la Navidad siempre era especial.



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