– Aquí está. Me llamo Eric Marrin, calle Hawthorne, número 731, Schuyler Falls, Nueva York. Es una granja y delante de la puerta hay un buzón donde dice Alex Marrin. Ese es mi papá.

– Ah, sí… Creo que he pasado por tu casa otras veces -sonrió el amable anciano-. Eres un niño muy bueno.

Eric sonrió.

– Lo intento. Pero si se entera de que mi papá me ha castigado por venir a verlo, no se enfade. Es que he venido en el autobús… Mi papá está muy ocupado trabajando y no podía pedirle que me trajese.

– Entiendo, no te preocupes. ¿Sabes cómo volver a tu casa?

Eric asintió con la cabeza. El autobús lo dejaría cerca de la granja y tendría que ir corriendo para llegar a la hora de la cena sin despertar sospechas.

Le había dicho a su abuelo que la madre de Raymond lo llevaría a casa, de modo que tendría que entrar sin que lo vieran. Afortunadamente, su padre solía ocuparse de los establos a esa hora y el abuelo estaría haciendo la cena mientras veía un programa de cocina en la televisión.

Eric se despidió de Santa Claus y comprobó emocionado, que se guardaba la carta en el bolsillo de la casaca roja.

– Algunos niños del colegio dicen que Santa Claus no existe, pero yo siempre creeré en usted.

Después de eso, salió corriendo a la calle. Había empezado a nevar otra vez y el suelo estaba muy resbaladizo. Cuando llegó a la parada del autobús había una larga cola, pero eso no lo preocupó. Estaba demasiado contento. ¿Y qué si llegaba un poco tarde a casa? ¿Y qué si su padre se enteraba de que había ido a los almacenes Dalton? Eso le daba igual.

Lo único que le importaba era que iba a conseguir el regalo de Navidad más maravilloso del mundo.

Santa Claus haría realidad su sueño.


– No me gusta esto. Algo huele a podrido en Dinamarca.

Holly Bennett miró a su ayudante, Meghan O’Malley.



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