– Y la semana pasada, el conserje de la oficina era un agente del FBI. Y el conserje de mi casa, un terrorista internacional -suspiró Holly-. Meg, tienes que dejar esa obsesión por las noticias. ¡Leer diez periódicos al día te está convirtiendo en una paranoica!

Mientras hablaba, su aliento se convertía en una nube frente a ella. Apretando el abrigo contra el pecho. Holly observó la pintoresca plaza del pueblo.

Desde luego, la situación era un poco rara, pero… ¿peligro en Schuyler Falls, Nueva York? Si casi podía creer que Santa Claus estaba a punto de aparecer por allí en su trineo.

– Me gusta estar bien informada -replicó Meghan, su brillante pelo rojo como una aureola alrededor de la cara-. Y tú eres demasiado confiada. Llevas cinco años en Nueva York, ya es hora de que te espabiles -suspiró entonces-. Quizá es la mafia… ¡Lo sabía! Vamos a trabajar para la mafia.

– Estamos a doscientos kilómetros de Nueva York -replicó Holly-. Y esto no parece un pueblo de mafiosos. Mira alrededor. Estamos en medio de la América más clásica.

Holly miró los copos de nieve, las farolas, el enorme árbol de Navidad en medio de la plaza… Nunca había visto nada tan encantador. Era como una escena de Qué bello es vivir.

A un lado estaban los almacenes Dalton, un elegante edificio de principios de siglo iluminado con alegres luces navideñas. Pequeñas tiendas y restaurantes ocupaban el resto de la plaza, todas ellas adornadas con muérdago y flores de Pascua.

Meg miró alrededor, recelosa.

– Eso es lo que quieren que pensemos. Pero están vigilándonos. Es como una de esas películas en la que el pueblo parece perfecto a primera vista, pero después…

– ¡Por favor! ¿Quién está vigilándonos?

– Esta mañana hemos recibido una misteriosa carta con un cheque firmado por un cliente fantasma. Nos han dado un par de horas para hacer la maleta, tomar un tren con destino a un pueblo desconocido y… sin saber para quién trabajamos. ¿Te parece poco? Quizá sea la CÍA. Ellos también celebran la Navidad, ¿no?



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