El Land Rover giró, se metió en el centro del campamento con un gran estruendo y frenó bruscamente, envuelto en una nube de polvo que se desvaneció cuando se paro el motor.

Un hombre salto del asiento trasero y se acercó a ellos a buen paso. Tenía un aspecto extraño. Daba la impresión de que el pelo le caía en espesos mechones. Aunque de constitución pesada, parecía sorprendentemente ágil, era blanco y debía de tener unos cuarenta años. Llevaba botas de excursionista, una chaqueta de safari de las que se ponen los turistas en las republicas bananeras y unas gafas de sol integrales.

– ¿El doctor Mattison? -Se dirigió directamente a Matt y le tendió amigablemente una mano carnosa.

Matt se la estrechó; el apretón fue más fuerte de lo que Matt se había imaginado.

– ¿O debería decir: ‹‹El doctor Mattison, supongo››? Después de todo, estamos en África. O al menos eso creo. Aunque no estoy muy seguro…

Tal vez me he equivocado de camino en medio de tanto polvo.

– Y tú eres…

– Van Steeds. Frederick. -Hizo una pausa-. La gente me llama Van.

Aquel nombre le era familiar a Matt, aunque no sabia muy bien de que le sonaba. El visitante se quito las gafas para limpiarlas y dejaron al descubierto una cara regordeta y unos ojos grises que lanzaron unas miradas rápidas en derredor que le daban un aire inquisitivo, si no furtivo. Doblo la espalda y se sacudió los pantalones, lo que levantó una gran polvareda.

– ¡Mire! No entiendo como pueden acostumbrarse a vivir con tanto polvo.

Matt se dio cuenta de que Van miraba la mesa.

– ¿Quieres comer algo?

– Bueno, no le digo que no.

Los estudiantes le hicieron sitio; uno de ellos se fue a la despensa y volvió con unas lonjas de carne, pan y una cerveza.

El conductor del Land Rover se había sentado debajo de una acacia y se había quedado dormido al momento, con las maños abiertas tendidas en el suelo. Van se lo quedó mirando.



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