Pensó en todos los hallazgos que habían visto la luz a lo largo de las décadas: fragmentos de huesos y de dientes, raspadores y puntas de flechas de piedra, piezas, todas ellas, que formaban un rompecabezas. En las ultimas décadas, el conocimiento del hombre del Paleolítico inferior había crecido de forma exponencial, pero ¿que se sabia en realidad de su universo, de su mentalidad y de su alma?, ¿que sentido le daba al mundo antes de dormirse, por las noches?, ¿cual era su reacción al ver una puesta de sol o un gamo al galope?

Sentado allí, Matt imagino al hombre prehistórico en aquel mismo lugar en el que se encontraba el. Tal vez aquello era la orilla de un lago de grandes dimensiones, a juzgar por los depósitos de sedimentos. Las colinas que había detrás de el estaban llenas de cuevas profundas cuya entrada daba casi a la orilla del agua. Era un sitio muy seguro, y la seguridad era lo más importante. Matt sabía algunas cosas del hábitat y de las creencias de aquella criatura e intento evocar la parte más oscura de su personalidad: era un guerrero y a la vez una sombra temerosa y trémula que buscaba guarecerse en el interior de la cueva. Se esforzó, como lo había hecho en múltiples ocasiones, por olvidarse de si mismo y experimentar los miedos que debió de sentir aquel ser, oler los olores que debieron de serle familiares: el olor a sangre, el olor a grasa, el olor a pelo; y trato de meterse en aquel cerebro que debió de tropezar con el mismo una y otra vez, pues solamente era capaz de comprender unos cuantos gruñidos débiles, y nada mas. Pero que difícil era llegar a saber algo con certeza.

¿Seria posible, aunque solo fuera por una centésima de segundo, sentirse de algún modo unido a una criatura tan primitiva y mucho mas grande que nosotros que había pasado por allí hacia miles de años?



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