Las guerrillas de mujahiddines habían ido subiendo por las montañas de Tadzhikistan hasta una altura considerable con la finalidad de hallar un lugar seguro donde asentar su base. Ninguna fuerza armada del Estado podría darles alcance a menos que montaran una expedición de envergadura y, en el caso de que lo hicieran, las guerrillas podrían esperarles tranquilamente, escondidas en cualquiera de los múltiples barrancos que había en el lugar, y dispararles. Aquellas montañas eran una fortaleza inexpugnable.

Subió la cuesta rocosa, intentando encontrar el sendero guiándose por el contacto de los pies con el suelo. De pronto se detuvo y escucho. Se oía el rumor de las hojas de los abetos que el viento movía y las voces de sus camaradas, que hablaban tranquilamente, abajo. Uno de ellos estaba contando una historia.

Se aflojo el abrigo del uniforme militar y se dispuso a desabrocharse el cinturón. En aquel momento oyó un ruido inconfundible a sus espaldas: eran los pasos de alguien que se acercaba. Se irguió y fue a volverse, pero el ataque fue tan rápido que no le dio tiempo de reaccionar. Sintió un fortísimo golpe en la cabeza y alzo la vista, aterrado. Las nubes se deshacían en el cielo. A la luz de la luna vio una vaga silueta, grotesca y salvaje, que emitía gruñidos, y un rostro alargado con unas sobrecejas muy prominentes. Ni siquiera pudo chillar; lo golpearon otra vez y luego sintió que unos brazos le estrujaban y le rompían las costillas. Hasta que la noche se lo tragó.

A la mañana siguiente, muy temprano, sus camaradas hallaron el rifle apoyado en el árbol. No había nada más. Pensaron que quizás habría bajado al valle a ver a su familia o a cosechar los campos. ¿Pero porque no se llevo el arma consigo?



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