
Pero el trabajo, desde un punto de vista científico, era muy poco riguroso. Sin el original, era absolutamente imposible datar la tabla. En consecuencia, Baylord, a modo de conclusión, no tuvo mas remedio que aventurar una hipótesis que era, en gran medida, una mera suposición: probablemente, los combatientes pertenecían a pequeños clanes de mongoles que entablaron batallas entre el ano 100 y el ano 200 a. C. Y en ningún momento reparo en un detalle intrigante de la tabla: el hecho de que un grupo de guerreros era distinto del otro, puesto que se caracterizaba por tener una frente extrañamente huidiza que terminaba en unos arcos superciliares muy prominentes. Baylord se limito a hacer una alusión, de pasada, a ‹‹una cinta que llevaban en la frente››.
Sus escritos levantaron un ligero revuelo en los círculos académicos, que pronto fue apagándose paulatinamente. Algunos sostenían que se trataba de un fraude. Su breve monografía siguió viva solo entre un puñado de arqueólogos que la consideraban una curiosidad. Las conferencias sobre ‹‹El enigma de Khodzant›› se convirtieron en unas de las favoritas entre los estudiantes universitarios.
La piedra se quedó en el sótano del museo, totalmente abandonada, y mas tarde, cuando la Revolución rusa se extendió hasta Tadzhikistan, se perdió.
El enigma de Khodzant
Akbar Atilla dejo su AK-47 apoyado en el tronco de un árbol y se alejo de la hoguera del campamento en busca de un lugar donde hacer sus necesidades. La luz de la luna era débil y la visibilidad casi nula. Diversas capas de nubes cubrían el cielo nocturno y de vez en cuando la negrura era absoluta.
