
El cónsul codificó el disquete y lo metió en un sobre en el que escribió las señas del college de Bethesda, en Maryland, al cual le habían aconsejado que se dirigiera en ocasiones como aquella. Lo envió por medio de la valija diplomática de la Embajada norteamericana de Dushanbe, la capital de Tadzhikistan.
Matt decidió tomarse un descanso. Salio de un agujero que parecía una tumba, fue a recoger el cántaro de agua y, cuando estaba bebiendo, por el rabillo del ojo vio una manchita. Volvió a dejarlo en el suelo y miro fijamente el valle; muy a lo lejos había una nube de polvo. Era un coche.
El primer coche que veía en los últimos cuatro meses.
¿Que hacia allí, en aquel lugar remoto y desierto?
Se quito el sombrero de ala ancha manchado de sudor y alzo la vista. Al instante tuvo la sensación de que el sol del África oriental le perforaba el cerebro. Movió repetidamente los hombros, haciéndolos girar, y sintió un dolor muy agradable en los músculos de la espalda.
En la pendiente árida que había a sus pies vio a cinco personas trabajando. Eran sus alumnos. Le gustaba mirarlos desde cierta altura, como ahora.
Todos estaban ajetreados, ocupados en la excavación.
Uno de ellos empujaba una carretilla cargada de trozos de roca; otro, tendido boca abajo en una zanja, estaba pasando un cepillo de dientes por la superficie de una piedra. Que exótico era, con aquel calor y en medio de tanto polvo. Parecía un paisaje lunar.
Echó un vistazo al reloj. Era la hora de almorzar.
Bajó la colina a grandes zancadas, de lado, y entró en la tienda de campana. En el interior hacia un calor sofocante. Dejó la puerta de lona abierta y encendió un ventilador que tenia un aspa de plástico de diez centímetros y que poca cosa hacia por mover aquel aire inerte.
