Se oía el sordo zumbido de las moscas.

Inesperadamente Matt vio su rostro reflejado en un espejo que colgaba de uno de los palos de la tienda. Examino los chorros de sudor que le resbalaban por la frente y las mejillas, hasta desaparecer en la barba. El pelo, castaño y espeso, le cubría la frente y las orejas, y le llegaba hasta el cuello de la camisa. El polvo se le había acumulado en las patas de gallo que tenia alrededor de los ojos marrón oscuro y en las arrugas que se le habían formado a ambos lados de la boca.

Se quitó las botas, se sacudió los pies, se tumbo en el catre, doblo los brazos, apoyó la cabeza en las maños entrelazadas y miro el luminoso techó de lona de la tienda, recubierto de un material protector, que el airecillo del ventilador movía letárgicamente. Una sombra se deslizo de pronto por el.

– ¿Duermes?

En el tono de voz de Nicole se detectaba alegría, deseo y también burla, aunque ligera.

– No. En realidad solamente me he echado a dormir una siesta.

– Solo es la una.

Matt se sentó.

– Ya sabes que estoy hecho un anciano…

Nicole sonrió y meneo la cabeza exasperada. No soportaba que el hiciera referencia a su edad. Era una manera mas, de las múltiples a las que el recurría, de interponer una distancia insalvable entre ellos dos. Se quito la badana que llevaba atada a la cabeza y se dejo el pelo suelto, que le cayo hacia atrás. El aire del ventilador le movía la parte de la cabellera color nogal, larga y llena de polvo, que se le veía por encima de los hombros.

– Has visto el coche -dijo Nicole.

Más que una pregunta era una afirmación.

– Si.

– ¿Quien puede ser?

– No lo se. No esperamos correo hasta dentro de dos semanas.

– Podría ser algo importante. Tal vez una pieza para tu ordenador.

– Un manual de instrucciones, seguramente.



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