
El odio, el deseo de venganza que habla sentido durante tanto tiempo desde que se había hecho lo suficientemente rico como para darse cuenta de que podría resarcir la humillación de su padre a manos de Colette Inc. se había visto moderado. Sylvie Bennett había logrado humanizar aquella empresa, una circunstancia que nunca había considerado.
En realidad, era solo una empresa. Y Sylvie Bennett solo una mujer, aunque no se parecía a ninguna mujer de las que hubiera conocido.
Estaba acostumbrado a que las mujeres se rindieran a sus pies. Era un soltero muy codiciado, con una gran fortuna a su disposición y, por sí misma, habría bastado aunque hubiera parecido un sapo, lo que, a juzgar por la facilidad con la que seducía a las mujeres, estaba muy lejos de la realidad.
Sin embargo, Sylvie Bennett no se había rendido. Y tampoco había parecido muy afectada por su presencia, aunque su instinto le decía que no le había resultado indiferente, al igual que ella a él.
Se había mostrado furiosa delante de él. Marcus se había sentido una ridícula atracción por el fuego que ardía en sus ojos oscuros. Había tenido que contenerse para no hundirse en sus deliciosos encantos hasta que el fuego que con toda seguridad ardía dentro de ella se liberara y los consumiera a los dos. No podía quitarle el ceño de la frente con un beso, ni estrechar sus rotundas curvas contra él ni perderse sobre aquella sedosa piel, por mucho que lo hubiera deseado.
Y lo deseara. Tal vez ella creyera que iba a lograr convencerlo para que diera muestras de generosidad hacia su querida empresa, pero Marcus tenía otros planes, que incluían conocer todo lo que fuera posible sobre la señorita Sylvie Bennett y que posiblemente culminarían en el momento en que pudiera meterla en su cama.
Sabía que estaba soltera porque, después de que hubiera terminado aquella maldita reunión, había consultado su expediente.
