
Hasta aquel mismo día. ¿Tenía idea aquella mujer de lo hermosa que era, con sus oscuros ojos, como los de una gitana, y una boca de labios gruesos que pedían a gritos que se los besara? Había tenido problemas para concentrarse en lo que ella le decía porque había estado demasiado pendiente del modo en que aquellos deliciosos labios formaban cada sílaba, la manera en que sus pechos rellenaban perfectamente la chaqueta que llevaba puesta y el modo en que su sedoso cabello se agitaba cada vez que movía la cabeza.
Si cualquiera otra persona hubiera entrado en la sala de conferencias y hubiera comenzado a arengarle de aquel modo, habría hecho que le sirvieran su cabeza sobre una bandeja de plata. Sin embargo, cuando Sylvie había cruzado la sala, lo único que había podido hacer era admirarla. Se había hundido en aquellos ojos oscuros sin ni siquiera querer salvarse.
Cuando ella había dejado de mirarlo, había sentido como si se hubiera roto un embrujo. A medida que fue entendiendo sus palabras, había dejado de pensar en lo rápido que podría seducirla y había empezado a escuchar la abierta hostilidad que había en su hermosa voz.
¿Qué diablos estaba diciendo la gente sobre él? Aquel rumor debía de haber sido el detonante de aquel ridículo e infructuoso pleito que el consejo de dirección de Colette había presentado contra él.
Efectivamente, planeaba absorber Colette y cerrarla completamente como fabricante de joyas, pero no iba a echar a todos sus empleados a la calle. En su mayor parte, los empleados de Colette Inc. se convertirían en empleados de las Empresas Grey. Se lo había comunicado al consejo cuando regresó a la reunión después de hablar con Sylvie Bennett. Después de todo, si no tenían que preocuparse por la pérdida de sus empleos, ¿por qué iba a importarles para quién trabajaran?
El consejo de dirección. Todavía recordaba la expresión de sorpresa y alivio en los rostros de los miembros del consejo cuando no había tomado ninguna medida que comenzara el proceso que acabara con Colette. Evidentemente, no lo entendían. Ni siquiera él mismo lo entendía.
