¿Era auténtico? Si lo era, pensó, se está buscando problemas. Si no, se los merecía. Por encima de un cierto nivel, a los empleados de la MG se les implantaban avanzados microprocesadores que registraban los niveles de mutágenos en el torrente sanguíneo. Un equipo así te podía enredar en Night City, llevarte directamente a una clínica negra.

El sarariman era japonés, pero la muchedumbre de Ninsei era gaijin. Grupos de marineros que subían del puerto, turistas solitarios y tensos a la caza de placeres no señalados en las guías, talludos del Ensanche exhibiendo injertos e implantaciones, y una docena de distintas especies de buscavidas, todos pululando por la calle en una intrincada danza de deseo y comercio.

Había innumerables teorías que explicaban por qué Chiba City toleraba el enclave de Ninsei, pero Case se inclinaba por la idea de que los Yakuza podrían estar preservando el lugar como una especie de parque histórico; un recordatorio de orígenes humildes. Pero también le parecía sensata la idea de que las tecnologías germinales requieren zonas fuera de la ley; que Night City no estaba allí por sus habitantes, sino como campo de juegos deliberadamente no supervisado para la tecnología misma.

¿Tendría razón Linda?, se preguntó, mirando hacia las luces. ¿Lo mataría Wage para que sirviera de ejemplo? No tenía mucho sentido; pero, por otra parte, Wage negociaba especialmente con biología proscrita, y la gente decía que había que estar loco para hacer eso.

Pero Linda dijo que Wage lo quería muerto. Lo primero que Case aprendió sobre la dinámica del comercio callejero era que ni el comprador ni el vendedor lo necesitaban realmente. El negocio de un hombre medio consiste en convertirse en un mal necesario. El dudoso nicho que Case se había tallado en el ecosistema criminal de Night City estaba hecho de mentiras, forjado noche a noche a fuerza de traiciones. Ahora, viendo que las paredes comenzaban a desmoronarse, sintió el filo de una extraña euforia.



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