
– Wage -dijo ella, entornando los ojos-. Quiere verte con un agujero en la cara. -Encendió el cigarrillo.
– ¿Quién lo dice? ¿Ratz lo dice? ¿Has estado hablando con Ratz?
– No. Mona. Su nuevo macarra es uno de los chicos de Wage.
– No le debo tanto. Él a mí sí; pero de todos modos no tiene dinero. -Se encogió de hombros.
– Ahora le debe demasiada gente, Case. Tal vez te toque ser el ejemplo. En serio, es mejor que te cuides.
– Claro. ¿Y qué me dices de ti, Linda? ¿Tienes dónde dormir?
– Dormir. -Linda sacudió la cabeza.- Claro, Case. -Tembló y se inclinó hacia adelante. Una película de sudor le cubría la cara.
– Toma -dijo él; buscó en el bolsillo de la chaqueta deportiva y sacó un arrugado billete de cincuenta. Lo alisó automáticamente bajo la mesa, lo dobló en cuatro y se lo pasó.
– Tú lo necesitas, cariño. Más vale que se lo des a Wage.
Había algo en los ojos grises de ella que no conseguía leer; algo que nunca había visto en ellos.
– A Wage le debo mucho más que eso. Tómalo. Me va a llegar más -mintió, mientras veía sus nuevos yens desaparecer en un bolsillo de cremallera.
– Junta tu dinero, Case; encuentra rápido a Wage.
– Ya nos veremos, Linda -dijo él, poniéndose de pie.
– Seguro -dijo ella. Un milímetro de blanco asomaba bajo cada una de sus pupilas. Sanpaku-. Cuídate el pellejo, hombre.
Él asintió, ansioso por marcharse.
Volvió atrás la mirada cuando la puerta plástica se cerraba detrás de él; vio los ojos de ella reflejados en una jaula de neón rojo.
Viernes por la noche en Ninsei.
Pasó frente a quioscos de yakitori y salones de masaje, una cafetería llamada Beautiful Girl, el trueno electrónico de una vídeo galería. Se hizo a un lado para dar paso a un sarariman de traje oscuro, y alcanzó a ver el logotipo de la Mitsubishi-Genentech tatuado en el dorso de la mano derecha del hombre.
