Asexuado e inhumanamente paciente, parecía encontrar su mayor gratificación en las formas esotéricas del culto a los sastres. Case nunca lo vio llevar el mismo traje dos veces, aunque en su guardarropa no parecía haber otra cosa que meticulosas reconstrucciones de prendas del siglo pasado. Lucía lentes de receta, láminas de cuarzo rosado sintético y molido enmarcadas en una fina montura de oro y biseladas como los espejos de una casa de muñecas victoriana.

Tenía sus oficinas en un depósito detrás de Ninsei, que en parte parecía haber sido descuidadamente decorado, años atrás, con una aleatoria colección de muebles europeos, como si en algún momento Deane se hubiese planteado establecerse allí. Unas estanterías neoaztecas acumulaban polvo junto a una pared de la sala donde Case estaba esperando. Una pareja de bulbosas lámparas de mesa estilo Disney descansaban incómodamente sobre una mesa baja tipo Kandinsky, de acero con laca granate. Un reloj Dalí colgaba de la pared entre las estanterías, inclinando la cara distorsionada hacia el suelo de cemento desnudo. Las manecillas eran hologramas que cambiaban para acompañar las circunvoluciones de la cara, pero que nunca señalaban la hora correcta. La sala estaba atiborrada de cajas de fibra de vidrio que despedían un olor a jengibre.

– Pareces estar limpio, hijo -dijo la incorpórea voz de Deane-. Entra.

Unos pestillos magnéticos se desplazaron alrededor de la enorme puerta de imitación de palo de rosa, a la izquierda de las estanterías. Un rótulo que decía JULIUS DEANE IMPORT EXPORT surcaba el plástico con deterioradas mayúsculas autoadhesivas. Si los muebles dispersos en el improvisado vestíbulo de Deane sugerían los finales del siglo pasado, el despacho parecía pertenecer a sus comienzos.

El rostro rosado e inconsútil de Deane contemplaba a Case desde el área de luz de una antigua lámpara de bronce con pantalla rectangular de vidrio verde oscuro. El importador se hallaba celosamente cercado por un amplio escritorio de acero pintado, flanqueado por altos gabinetes de cajones de madera clara. El tipo de cosa, supuso Case, que en otro tiempo sirvió para almacenar registros escritos de alguna especie. La tapa del escritorio estaba atiborrada de cassettes, rollos de papel amarillentos, y varias piezas de una especie de máquina de escribir de cuerda, una máquina que Deane nunca tenía tiempo de arreglar.



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