
– ¿Qué te trae por aquí, muchachón? -preguntó Deane, ofreciendo a Case un delgado bombón envuelto en papel cuadriculado azul y blanco-. Prueba uno. Ting Ting Djahe, lo mejor de lo mejor. -Case rechazó el jengibre, se sentó en una torcida silla giratoria y deslizó el pulgar a lo largo de la desteñida costura de sus tejanos negros.
– Julie, he oído que Wage quiere matarme.
– Ah. Bueno. ¿Y dónde oíste eso, si se puede saber?
– Gente.
– Gente -dijo Deane, mordiendo un bombón de jengibre-. ¿Qué clase de gente? ¿Amigos?
Case asintió.
– No siempre es fácil saber quiénes son los amigos, ¿verdad?
– Es cierto que le debo un poco de dinero, Deane. ¿Te ha dicho algo?
– Últimamente no hemos estado en contacto. -En seguida suspiró.- Si lo supiera, por supuesto, quizá no pudiera decírtelo. Siendo las cosas como son; tú entiendes.
– ¿Las cosas?
– Él es un contacto importante, Case.
– Ya. ¿Me quiere matar, Julie?
– No, que yo sepa. -Deane se encogió de hombros. Podrían haber estado hablando del precio del jengibre. – Si se trata de un rumor infundado, hijo, regresa en una semana y te conseguiré algo sacado de Singapur.
– ¿Sacado del Hotel Nan Hai, calle Bencoolen?
– ¡Hijo, lengua suelta! -sonrió Deane. El escritorio de acero estaba atiborrado con una fortuna en equipos que detectaban errores.
– Nos seguiremos viendo, Julie. Saludaré a Wage de tu parte.
Los dedos de Deane subieron para cepillar el perfecto nudo de su pálida corbata de seda.
