Estaba a menos de una manzana del despacho de Deane cuando la sintió de pronto: la conciencia repentina y celular de que alguien le pisaba los talones, y muy de cerca.

El cultivo de una cierta y mansa paranoia era algo que Case daba por descontado. El truco era no perder el control. Pero eso podía ser todo un truco, detrás de un montón de octógonos. Luchó contra la irrupción de adrenalina y compuso sus delgadas facciones en una máscara de aburrida vacuidad, fingiendo dejarse llevar por la multitud. Vio un escaparate oscuro y se las arregló para detenerse enfrente. Era una tienda de artículos quirúrgicos cerrada por renovaciones. Con las manos en los bolsillos de la chaqueta, miró a través del cristal hacia un rombo plano de carne en probeta apoyado sobre un pedestal tallado de imitación jade. El color de la piel le recordó a las putas de Zone; estaba tatuado con un visor digital luminoso conectado a un chip subcutáneo. ¿Por qué molestarse por la operación -se encontró pensando, mientras el sudor le corría por las costillas- cuando basta con llevar el aparatito en el bolsillo?

Sin mover la cabeza, levantó la vista y estudió los reflejos de la multitud que pasaba.

Allí.

Detrás de unos marineros con camisas de color caqui de manga corta. Pelo oscuro, lentes especularas, ropa oscura, delgado…

Y desapareció.

Case echó a correr, inclinado, esquivando cuerpos.


– ¿Me alquilas una pistola, Shin?

El muchacho sonrió. -Dos horas. -Estaban rodeados de olor a pescado fresco, en la parte trasera de un quiosco de sushi en Shiga.- Tú regresar en dos horas.

– Necesito una ya. ¿No tienes nada ahora?

Shin revolvió algo entre latas vacías de dos litros que alguna vez habían contenido polvo de rábano picante. Sacó un estrecho paquete envuelto en plástico gris. -Taser. Una hora; veinte nuevos yens. Treinta depósito.

– Mierda. No necesito eso. Necesito una pistola. A lo mejor quiero matar a alguien, ¿entiendes?



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