
– ¡Tia!
– Voy.
Tia guardó el informe de E-SpyRight en el cajón de arriba y bajó por el pasillo de despachos acristalados con vistas a un lado, el de los socios séniores, y cubículos sin ventilación al otro. Burton y Crimstein tenía un sistema de castas con una soberana al mando. Había socios séniores, sin duda, pero Hester Crimstein no permitía que ninguno de ellos añadiera su nombre a la cabecera.
Tia llegó al espacioso despacho de la esquina. La ayudante de Hester apenas levantó la cabeza cuando ella pasó por delante. La puerta del despacho de Hester estaba abierta. Casi siempre lo estaba. Tia se paró y golpeó la pared junto a la puerta.
Hester paseaba arriba y abajo. Era una mujer menuda, pero no parecía pequeña. Parecía compacta y fuerte y más bien peligrosa. A Tia no le parecía que paseara en realidad, sino que acechara. Desprendía calor, una sensación de poder.
– Necesito que hagas una deposición en Boston el sábado -dijo sin preámbulos.
Tia entró en el despacho. Los cabellos de Hester siempre estaban encrespados y los llevaba teñidos de un color rubio apagado. Lograba dar la sensación de estar al mismo tiempo hostigada y totalmente serena. Algunas personas exigen atención, Hester Crimstein era como si te agarrara de las solapas, te sacudiera y te obligara a mirarla a los ojos.
– Claro, por supuesto -dijo Tia-. ¿De qué caso?
– Beck.
Tia lo conocía.
– Éste es el expediente. Llévate al especialista en informática. El chico de la postura espantosa y los tatuajes que dan pesadillas.
– Brett -dijo Tia.
– Sí, ése. Quiero que revise el ordenador personal de este hombre.
Hester le entregó el expediente y siguió paseando.
Tia lo miró.
– Es el testigo del bar, ¿no?
– Así es. Coge un avión mañana. Vete a casa y estúdialo.
– De acuerdo, como quieras.
Hester paró de caminar.
