
Bigotes le puso una mano en el brazo.
– Quieta, guapa, quiero que tú también lo oigas.
Marianne iba a protestar, pero decidió que sería mejor no hacerlo. Volvió a mirar su bebida.
– Veamos -siguió Bigotes-, sabes lo de Adán y Eva, ¿no?
– Claro -dijo Pelopaja.
– ¿Te lo tragas?
– ¿Lo de que él fue el primer hombre y ella la primera mujer?
– Así es.
– Ni hablar. ¿Y tú?
– Sí, ya lo creo. -Se acarició el bigote como si éste fuera un pequeño roedor que necesitara amor-. La Biblia cuenta lo que pasó. Primero fue Adán y después Eva, a quien crearon con una de sus costillas.
Marianne bebió. Bebía por muchas razones. La mayoría de las veces lo hacía para divertirse. Había estado en demasiados sitios parecidos a éste, intentando enrollarse con alguien y esperando que hubiera algo más. Sin embargo, esa noche, la idea de marcharse con un hombre no le interesaba en absoluto. Bebía para aturdirse y le estaba funcionando. En cuanto se soltó, la cháchara insustancial la distrajo. Le ayudó a aliviar el dolor.
Había metido la pata.
Como siempre.
Su vida había sido una carrera para alejarse de todo lo que fuera virtuoso y honesto, a la búsqueda del siguiente chute imposible de obtener, un estado perpetuo de aburrimiento interrumpido por subidones lastimosos. Marianne había destruido algo bueno y cuando lo intentó recuperar, volvió a meter la pata.
En el pasado hizo daño a los más cercanos a ella. Era como un club exclusivo para aquellos a los que mutilar emocionalmente: las personas a las que amaba. Pero ahora, gracias a su reciente mezcla de idiotez y egoísmo, podía añadir a perfectos desconocidos a la lista de víctimas de la Masacre Marianne.
Por algún motivo, hacer daño a desconocidos parecía peor.
Todos hacemos daño a los que amamos, ¿no? Pero era mal karma hacer daño a inocentes.
