– Lo creí porque quería creerlo. -Elizabeth se oyó decirle a William Murphy.

Con rapidez, comenzó a relatar el resto de su testimonio.

– Llamé a las ocho… Leila y Ted estaban discutiendo. Ella tenía voz de haber estado bebiendo. Me pidió que volviera a llamarla en una hora. Lo hice. Estaba llorando. Seguían peleando. Le había dicho a Ted que se fuera. Repetía que no podía confiar en ningún hombre, que no quería a ningún hombre y me pidió que nos fuéramos juntas.

– ¿Y usted qué le respondió?

– Lo intenté todo. Traté de calmarla. Le recordé que siempre se ponía nerviosa cuando estaba ante una nueva actuación. Le dije que la obra era conveniente para ella. Le dije que Ted estaba loco por ella y que ella lo sabía. Luego traté de parecer enojada. Le dije… -Se le quebró la voz y se puso pálida-. Le dije que hablaba igual que mamá cuando estaba ebria.

– ¿Y ella qué respondió?

– Fue como si no me hubiese oído. Seguía repitiendo: «Terminé con Ted. Tú eres la única en quien puedo confiar. Sparrow, prométeme que te irás conmigo.»

Elizabeth ya no trató de contener las lágrimas.

– Estaba llorando…

– Y después…

– Ted regresó. Y comenzó a gritarle.

William Murphy se inclinó hacia delante. Su voz había perdido dulzura.

– Señorita Lange, éste será un punto importante de su testimonio. En el estrado, antes de que diga de quién era la voz que oyó, tengo que dar algún fundamento para que el juez quede convencido de que usted reconoció esa voz. Lo haremos de este modo… -Hizo una pausa dramática.

– Pregunta: ¿Oyó una voz?

– Sí -respondió Elizabeth en tono indiferente.

– ¿Y cómo se expresaba?

– Gritaba.

– ¿Y cómo era el tono de la voz?

– Enojado.

– ¿Cuántas palabras oyó que decía esa voz?

Elizabeth las contó mentalmente.



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