
– Sólo unos minutos más, se lo prometo. Señorita Lange, ¿sabe a qué hora colgaron el teléfono?
– Exactamente a las nueve y media.
– ¿Está segura?
– Sí. Hubo un corte de corriente mientras yo no estaba y tuve que poner en hora el reloj esa misma mañana. Estoy segura de que estaba bien.
– ¿Y qué hizo después?
– Estaba muy preocupada. Tenía que ver a Leila. Salí corriendo. Tardé por lo menos quince minutos en conseguir un taxi. Cuando llegué al apartamento de Leila eran más de las diez.
– Y allí no había nadie.
– No. Traté de llamar a Ted. No contestaba nadie. Y me puse a esperar. Esperé toda la noche, sin saber qué pensar, un poco preocupada y también aliviada porque esperaba que Ted y Leila, ya reconciliados, hubieran salido a alguna parte. No sabía que el cuerpo deshecho de Leila yacía en el patio.
– A la mañana siguiente cuando se descubrió el cuerpo, ¿usted pensó que había caído de la terraza? Era una fría noche de marzo. ¿Por qué habría salido?
– A ella le gustaba salir y quedarse a mirar la ciudad. Con cualquier temperatura. Solía advertirle que tuviese cuidado… la baranda no era muy alta… Pensé que se habría inclinado hacia delante; había estado bebiendo; se cayó…
Elizabeth recordó: ella y Ted habían compartido el dolor. Habían llorado, tomados de la mano, durante el funeral. También la había sostenido cuando no pudo controlarse más y estalló en llanto.
– Lo sé, Sparrow lo sé -le había dicho tratando de consolarla. Y habían salido en el yate de Ted para esparcir las cenizas de Leila.
Y luego, dos semanas después, apareció un testigo que juraba haber visto a Ted empujar a Leila por la terraza a las nueve y treinta y uno.
– Sin su testimonio, esa testigo, Sally Ross, podría ser destruida por la defensa -oyó que William Murphy le decía-. Como sabe, tiene antecedentes de problemas psiquiátricos. No es bueno que haya esperado un tiempo, antes de presentarse con su historia. El hecho de que su psiquiatra estuviera fuera de la ciudad y quisiera contárselo a él primero atenúa un poco las cosas.
