
– Sin mi testimonio es su palabra contra la de Ted y él niega haber regresado al apartamento de Leila. -Cuando se enteró de la existencia de esa testigo sintió una gran indignación. Había confiado plenamente en Ted hasta que ese hombre, William Murphy, le dijo que Ted negaba haber regresado al apartamento de Leila.
– Usted puede jurar que él estaba allí, que estaban peleando y que le colgaron el teléfono a las nueve y treinta. Sally Ross vio que empujaban a Leila por la terraza a las nueve y treinta y uno. La historia de Ted de que salió del apartamento de Leila alrededor de las nueve y diez, fue a su propio apartamento, hizo una llamada y luego tomó un taxi hasta Connecticut no tiene sustento. Además de su testimonio y el de la testigo, tenemos pruebas circunstanciales. Los rasguños en su cara. Su piel en las uñas de Leila. La sangre de ella en su camisa. El testimonio del taxista de que estaba blanco como un papel y temblaba tanto que apenas podía darle la dirección del lugar adonde iba. ¿Y por qué diablos no llamó a su propio chófer para que lo llevara hasta Connecticut? ¡Porque estaba aterrorizado! ¡Por eso! No puede probar que haya hablado con nadie por teléfono. Tiene un motivo: Leila lo rechazó. Sin embargo, tiene que darse cuenta de algo: la defensa insistirá en el hecho de que usted y Ted Winters estuvieron muy unidos después de la muerte de su hermana.
– Éramos las dos personas que ella más amaba -dijo con calma Elizabeth-. O por lo menos, eso creía yo. Por favor, ¿puedo irme ahora?
– Lo dejaremos aquí. Usted no está muy bien. Éste será un juicio largo y nada placentero. Trate de relajarse durante la semana. ¿Ha decidido el lugar donde se quedará en estos días?
– Sí. La baronesa Von Schreiber me invitó a quedarme en «Cypress Point».
