Tomó el teléfono y marcó el número de «Cypress Point». «Por favor, que conteste Sammy», rogó en voz baja. Pero fue Min quien respondió. Le explicó que Sammy había salido, que estaba visitando a su prima cerca de San Francisco y que regresaría el lunes por la noche.

– Podrás verla entonces. -El tono de Min se tornó curioso-. Te noto molesta, Elizabeth, ¿ocurre algo con Sammy?

Era el momento de decirle a Min que no iría. Elizabeth comenzó a decir:

– Min, el fiscal de distrito… -Luego, miró la carta de Sammy. Sintió la imperiosa necesidad de ver a Sammy. Era lo mismo que había sentido la noche fatal cuando se dirigió al apartamento de Leila. Cambió la frase-. Nada importante, Min. Te veré mañana.

Antes de acostarse, le escribió una nota a William Murphy con la dirección y el teléfono de «Cypress Point». Luego la rompió. Al diablo con su advertencia. No era una testigo de la Mafia; iba a visitar a unos viejos amigos, personas a las que quería y en quienes confiaba, personas que la querían y se preocupaban por ella. Lo dejaría pensar que estaba en East Hampton.


Durante meses él había sabido que tendría que matar a Elizabeth. Había vivido consciente del peligro que ella representaba y había planeado eliminarla en Nueva York.

Con el juicio cerca, ella estaría reviviendo cada momento de aquellos últimos días. Inevitablemente, se daría cuenta de lo que ya sabía: el hecho que sellaría su destino.

En «Cypress Point», había formas de librarse de ella y de hacerlo que pareciese un accidente. Su muerte despertaría menos sospechas en California que en Nueva York. Pensó en ella y en sus costumbres, tratando de hallar la forma.

Miró la hora. En Nueva York era medianoche. «Dulces sueños, Elizabeth», pensó.

«Se te acaba el tiempo.»



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