– Debe ser un libro aburrido, Liz.

Él sabía que le gustaba que la llamaran por su nombre completo.

– ¿Mamá se despertó? Puedo comenzar a preparar la cena.

– Tu mamá va a seguir durmiendo por un rato. ¿Por qué tú y yo no nos recostamos y leemos juntos? -En un momento, Elizabeth estaba contra la pared y Matt ocupando casi toda la cama. Elizabeth comenzó a retorcerse.

– Será mejor que me levante y prepare unas hamburguesas -dijo.

Él la tomó con fuerza de los hombros.

– Primero dale un fuerte abrazo a tu papaíto, querida.

– Tú no eres mi padre. -De repente, se sintió atrapada. Quería llamar a su madre, tratar de despertarla, pero ahora Matt la estaba besando.

– Eres una niña muy bonita -le dijo él-. Serás una gran belleza cuando crezcas. -Su mano avanzaba sobre la pierna de Elizabeth.

– No me gusta -dijo ella.

– ¿No te gusta qué, muñeca?

Y entonces, sobre el hombro de Matt, pudo ver a Leila de pie ante la puerta. Sus ojos verdes estaban oscuros por la rabia. En un segundo, atravesó el cuarto y le tiró con tanta fuerza de los cabellos que Matt tuvo que echar la cabeza hacia atrás. Leila le gritaba palabras que Elizabeth no podía entender. Y luego le gritó:

– Fue suficiente lo que esos otros hijos de puta me hicieron, pero te mataré si la tocas a ella.

Los pies de Matt tocaron el suelo de un golpe. Se inclinó hacia un lado tratando de alejarse de Leila, pero ella seguía tirándole del largo cabello y cada movimiento que hacía le repercutía en la cabeza. Después comenzó a gritarle a Leila y trató de pegarle.

La madre debió de haber escuchado el ruido porque su ronquido se detuvo. Se acercó al cuarto envuelta en una sábana, tenía los ojos rojos e hinchados y su hermoso cabello pelirrojo estaba todo revuelto.

– ¿Qué sucede? -logró preguntar con voz enojada y soñolienta y Elizabeth pudo ver el rasguño en su frente.



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