
Más tarde, Elizabeth recordaría ese momento con claridad. Los ojos de Leila, otra vez de color verde esmeralda, sin rastro de enojo, y con una mirada decidida. Leila y su delgado cuerpo, con la gracia de un gato; el cabello rojo y brillante de Leila, aún más brillante bajo la luz de la lámpara; la voz rica y ronca de Leila que le decía:
– No tengas miedo, Sparrow. Es hora de sacudirse de los zapatos el polvo de nuestra vieja casa de Kentucky.
Y luego, con una risa desafiante, Leila comenzó a cantar: «No llores más, my Lady…»
Sábado
1
El sol se ponía sobre las torres gemelas del «World Trade Center» cuando el vuelo 111 de «Pan American» proveniente de Roma comenzó a rodear la isla de Manhattan. Elizabeth apoyó la frente contra el vidrio, absorbiendo la vista de los rascacielos, la Estatua de la Libertad recién restaurada y un crucero que se deslizaba por el estrecho. Ése era el momento que tanto había amado al final de un viaje, la sensación de regresar al hogar. Pero hoy, deseaba con todas sus fuerzas poder quedarse en el avión, y seguir hacia su próximo destino, fuera cual fuere.
– Hermosa vista, ¿verdad? -Al subir al avión, la anciana de aspecto bondadoso sentada a su lado le había dedicado una amable sonrisa y luego había abierto su libro. Elizabeth se sintió aliviada; lo último que quería era una conversación de siete horas con un extraño. Pero ahora no le molestaba. Aterrizarían en pocos minutos. Le contestó que, en efecto, era una hermosa vista.
– Éste fue mi tercer viaje a Italia -continuó su compañera de asiento-. Pero es la última vez que viajo en agosto. Está lleno de turistas. Y hace tanto calor. ¿Qué países visitó?
El avión se inclinó y comenzó su descenso final hacia el aeropuerto Kennedy. Elizabeth decidió que le daba lo mismo darle una respuesta directa que mostrarse indiferente.
