
– Llegamos, señora…
Sorprendida, Elizabeth levantó la mirada. El taxi se había detenido frente al Hamilton Arms, en la intersección de la Calle 57 y Park Avenue. El diario se le deslizó del regazo. Trató de aparentar calma:
– Lo siento, me equivoqué de dirección. Quiero ir a la Undécima y la Quinta.
– Pero ya paré el taxímetro.
– Entonces, póngalo de nuevo. -Le temblaban las manos mientras buscaba su cartera. Sintió que se acercaba el portero y no quiso levantar la mirada. No quería que la reconocieran. Sin pensarlo, le había dado la dirección de Leila. Ése era el edificio donde Ted había matado a Leila. Aquí, ebrio y en un arranque de rabia, la había arrojado desde el balcón-terraza de su apartamento.
Elizabeth no pudo controlar el temblor al repasar la imagen que no podía borrar de su mente: el maravilloso cuerpo de Leila envuelto en un pijama de satén blanco, su largo cabello pelirrojo echado hacia atrás como en una cascada, cayendo por los cuarenta pisos hasta el suelo de cemento.
Y siempre las mismas preguntas… ¿Estaba consciente? ¿Se dio cuenta de lo que sucedía?
¡Qué terribles debieron ser para ella esos últimos segundos!
«Si me hubiera quedado con ella -pensó Elizabeth-, esto jamás habría sucedido.»
2
Después de estar ausente durante dos meses, el apartamento olía a encierro. Pero en cuanto abrió las ventanas, pudo sentir esa peculiar combinación de aromas típica de Nueva York: el olor de la comida hindú del restaurante de la esquina, el perfume de las flores del balcón de enfrente, el olor ácido del escape de los autobuses de la Quinta Avenida, la sugerencia a mar proveniente del río Hudson. Durante unos minutos, Elizabeth respiró profundamente y sintió que comenzaba a relajarse. Ahora que se encontraba allí, se alegraba de estar en casa. El trabajo en Italia había sido otro escape, otro respiro temporal. Sin embargo, nunca dejaba de pensar que algún día tendría que subir al estrado como testigo de la parte acusadora en el juicio contra Ted.
